3 años después

HIJOS DE HAITÍ

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Tissidor quiere jugar al fútbol y le gusta el color blanco. Julius se forma para ser soldador. Como ellos, más de 300 niños de la calle acuden a este centro cada día.

"Muchos de mis amigos murieron en las calles", dice Julius. Las calles de Puerto Príncipe se vuelven peligrosas cuando cae la noche. Más para los niños que no tienen dónde ir. Cientos, miles de niños que aprenden a sobrevivir en la calle. “Si tienen que robar, roban; si tienen que pelear, pelean; si tienen que coger un arma, la cogen… para sobrevivir”, explican los responsables del Lakou. Violencia, drogas, trabajos forzados, abusos sexuales… son peligros a los que se enfrentan cada día.

Un buen día alguien confía en ellos y comienza un nuevo camino para estos niños. El Lakou es su puerta de reentrada a la sociedad. “Queremos que los niños y jóvenes de la calle sean útiles para la sociedad. No una pieza que se pueda cambiar. Sino jóvenes que aporten”, dicen en el Lakou.

LAKOU, UN NUEVO CAMINO PARA LOS NIÑOS DE LA CALLE

Nos enseñan a leer y a escribir, a tener un oficio… para no tener que volver a dormir en la calle y a hacer las cosas malas que allí hacíamos.

“Un día vi a mis amigos de la escuela y ellos giraron la cara. No querían verme”

El mundo es eso. Un montón de gente, un mar de fueguitos

No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

"Quiero ayudar a Misiones Salesianas en su trabajo en Haití"